La ciudad de los prodigios de Eduardo
Mendoza frente a una visión latinoamericana de ciencia, cultura y tecnología.
En La ciudad de los prodigios (1986), novela que cuenta la historia de
Barcelona entre las dos Exposiciones Universales de Barcelona de 1888 y 1929,
el autor catalán Eduardo Mendoza plantea una visión evolucionaria de la
sociedad. Efectivamente, afirma que la
ciencia, la tecnología y la industria son los factores motrices del progreso
social, un progreso que conduce inevitablemente al bienestar. Además, añade que el oponerse a la evolución
social, o sea al progreso, es acto reaccionario, anacronístico, inútil y hasta
fatal.
En el presente trabajo me propongo analizar
los recursos literarios que Mendoza utiliza para armar su visión evolucionaria
de la sociedad y cultura humanas, para luego contrastar esta visión con la
manera de concebir las relaciones entre ciencia, tecnología y cultura propuesta
por autores latinoamericanos tales como Gabriel García Márquez en Cien años de soledad (1967), Isabel
Allende en La casa de los espíritus
(1982), Laura Esquivel en Como agua para
chocolate (1989), Rima de Vallbona en Los
infiernos de la mujer y algo más…(1992), y Fernando Contreras Castro en Los peor (1995).
En la página 174 de Prodigios Mendoza esboza algunos principios
primordiales del determinismo tal como éste se concebía en el siglo XIX: “La
época estaba dominada por la fe en las ciencias: no había cosa ni fenómeno que
no respondiera a una causa precisa….lo mismo se pensaba de la conducta humana:
se le buscaban razones que pudieran luego reducirse a leyes.” Intento argüir que esta fe en las ciencias es
lo que informa la cosmovisión de toda la novela. A lo largo del libro Mendoza pretende hacer
hincapié en las leyes darvinianas que rigen la sociedad humana. Según Mendoza, estrechamente vinculado con la
ciencia, como si fuera la otra cara de la misma moneda, siempre se encuentra el
progreso, producto del deseo innato del ser humano por el bienestar. Y como veremos, para Mendoza la fuerza motriz
del progreso es la tecnología. El dejar
de evolucionar, o peor aun el marcharse hacia atrás, es siempre fatal. En contraste nítido con esta visión, como se
comentará en adelante, la percepción latinoamericana de la relación entre
tecnología y progreso es precisamente lo contrario. Para los ya mencionados autores
latinoamericanos la ciencia y la tecnología producen una sociedad fría,
mecánica y opresiva.
Los
prodigios empieza en el lugar de nacimiento del joven protagonista, Onofre
Bouvila, un campesino ingenuo que terminará por convertirse en el hombre más
rico en España. El narrador nos cuenta
que Onofre había nacido en la Cataluña “agreste, sombría y brutal” (21). Esta
zona era propicia a las supersticiones, “el sistema de vida era tribal” y los
hombres del lugar “aún usaban pieles como parte de su indumentaria…tañían flautas
de hueso y ejecutaban una danza que remedaba los saltos del carnero” (22). En contraste significante, la capital
regional, Bassora, “acababa de experimentar un progreso notable” (25), y la
Barcelona de aquel entonces (el siglo diecinueve) “no había dejado de estar a
la vanguardia del progreso” (25) con el primer alumbrado de gas, el primer
servicio de diligencias y de ferrocarril, la primera central eléctrica, y el
primer servicio de teléfono, entre otros notables ejemplos del prodigioso progreso
científico e industrial.
En resumidas cuentas, a principios
de la novela Mendoza recalca el contraste entre civilización y barbarie. Como comenta la voz narrativa:
La Naturaleza no es sabia como
dicen, sino estúpida y torpe y sobre todo cruel. Pero las generaciones han ido cambiando estas cosas de la Naturaleza:
el curso de los ríos…han
domesticado a los animales y han cambiado el sistema de los árboles y de los cereales y las plantas en general:
todo lo que antes era destructivo lo han hecho productivo”
(264).
Cuando Onofre llega a la ciudad de
Barcelona por primera vez tiene sólo trece años. Por medio de aprovecharse de toda etapa de la
evolución de la ciudad—en campos tan diversos como la política, la especulación
de la propiedad inmobiliaria, el contrabando de armas durante los días de la
Primera Guerra Mundial, el desarrollo de la industria cinematográfica—eventualmente se convierte en
el hombre más rico de España. En la
lucha por la supervivencia en Barcelona, en la cual la victoria se mide en
términos de dinero y poder, el éxito de
Onofre demuestra más allá de cualquier duda que él es el hombre más idóneo.
Ahora bien, el concepto de la evolución
no se restringe al caso de Onofre, sino que penetra cada rincón de la
novela. Por ejemplo, en la página 329 el
narrador describe la evolución de la pena de muerte en España desde la
abolición de la muerte en horca, e incluso la abolición de la hopa y de la
ejecución pública, las varias maneras de conducir al condenado al cadalso, etc.,
hasta la introducción del garrote en1828. Asimismo rastrea la evolución del
deporte desde un pasatiempo de la clase alta hasta una religión popular:
Desde que la ideología fascista se
había difundido por Europa todos los gobiernos fomentaban
la práctica del deporte y la asistencia masiva a las competiciones deportivas….trataban de imitar el
imperio romano, cuyos usos tomaban por modelo anacrónico…con
esto los políticos y pensadores contaban con mejorar la raza. (536)
También comenta la evolución de la
moda (542), el nacionalismo, y varios otros temas. Lo importante es que en cada caso Mendoza vincula
la evolución al progreso tecnocientífico.
Por ejemplo, la evolución del concepto del tiempo es producto de la
revolución industrial:
…donde la revolución industrial había
tenido efecto había cambiado radicalmente la
noción del tiempo….antes la puntualidad no había sido nada: ahora lo era
todo….Este reajuste no habría podido
hacer a tan gran escala de no haber venido en ayuda a los pueblos la energía eléctrica. (408-09)
De hecho, según
el narrador, desde el automóvil y el avión hasta el cinema, este último “un
subproducto de la energía eléctrica” (385), todo progreso proviene de la
evolución de los conocimientos tecnocientíficos. Vale hacer notar que la evolución del lado
creativo del cine también se basa en la evolución técnica. Mendoza rastrea las varias etapas de la
evolución del cine comenzando con la fotografía, luego el cinematógrafo, y así
hasta la tecnología cinematográfica de las primeras décadas del siglo veinte, y
a la misma vez detalla la evolución del contenido del cine, para llegar a la
conclusión muy moderna de que: “¡Tener al público sentado, a oscuras, en
silencio, como si durmiera, como si soñara: una manera de producir sueños
colectivos! Este era su ideal” (410).
Para lograr dicho ideal, no únicamente
la tecnología y las tramas tienen que evolucionarse, sino los mismos actores
también. Dicha evolución involucra
cambios de nombre, domicilio, forma de pensar y hasta de los rasgos físicos de
los actores a través de la cirugía cosmética.
Los actores que no quieren evolucionar en seguida dejan de ser parte esencial
de la industria. El no “reinventarse”
continuamente equivale al fracaso. La
evolución profesional, personal, y tecnológica se unen en el cine de Onofre para
lograr el progreso y, a la vez, evitar la decadencia y, últimamente, la muerte
de la industria.
Aunque a lo largo de la novela
Mendoza hace hincapié en lo inevitable del progreso, también critica a las
fuerzas reaccionarias que lo oponen. En
la página 334, inmediatamente después de señalar una serie impresionante de los
muchos éxitos científicos y tecnológicos que están por venir en el siglo
veinte, saca a relucir gráficamente la intransigencia de las fuerzas reaccionarias
que no dejan de estorbar el progreso:
La iglesia católica no cesaba de
recordar a quien quisiera oírla que el progreso no siempre seguía los derroteros marcados por la voluntad de
Dios expresamente manifestada en sus
apariciones e infundido al Sumo Pontífice….En su aversión al progreso la Iglesia no estaba solo: la
mayoría de los reyes y príncipes del mundo compartían
este resquemor.” (334)
Mendoza resume las fuerzas
reaccionarias como “Estos pequeños grupos, integrados por aristócratas,
terratenientes y algunos elementos del Ejército y el clero [que] ejercían sobre
la vida política de la nación una influencia decisiva de carácter inverso”
(420). El Marqués de Ut, quien en la novela representa la nobleza, es típico de
este grupo apegado al pasado: “Toda innovación, aunque coincidiera con sus
intereses, le horrorizaba” (420). Y
porque “no se podía luchar contra el progreso sobre todo en el terreno
científico” (368), al final de la novela (1929)
la aristocracia sufre el mismo destino que los sauros: en 1930 el
dictador Primo de Rivera presenta su renuncia al rey y se exilia a París, donde
muere unos meses más tarde, el 16 de mayo de 1930, y un año más tarde el mismo
Alfonso XIII abdica la corona de España y sale al exilio. Y como sabemos, Mendoza escribió Prodigios durante otra transición
española que de la misma forma va de sauro a democracia.
Pero Mendoza no se conforma con proporcionarnos
un solo ejemplo de la inevitabilidad del progreso y la futilidad de oponerlo. Hacia el final de la novela, Onofre, huyendo
de las fuerzas conservadoras de Primo de Rivera, vuelve a su pueblo natal para esconderse
mientras las autoridades lo buscan por otros lados. Inicialmente, se deja seducir por las
memorias placenteras de su juventud, provocadas éstas por los sonidos, olores y
paisajes de su idílico pueblo querido.
Pero dentro de poco su mera presencia en la villa ocasiona la muerte del
cura local y causa otras desgracias por añadidura. Esto sucede porque él ya no es del pueblo
natal, sino que ha evolucionado de tal manera que ahora representa una fuerza
extraña, del futuro, algo más allá y por encima de los poderes de los villanos
rústicos. Su mera presencia es anatema
al pasado pre-evolucionario que todavía existe en el lugar de su nacimiento. Onofre se da cuenta de que “este crimen no se
habría producido nunca sin su presencia; era él quien había proporcionado al culpable
la ilusión….Buscando la paz había llevado al valle la discordia y la
violencia…No podía escapar a su destino” (476).
El volver hacia atrás, en términos evolucionarios, es totalmente fatal. El día siguiente regresa a la ciudad condal,
y comienza a reconstruir una mansión que remonta al siglo pasado, pero este
esfuerzo por volver hacia atrás también queda destinado al fracaso: “Aunque la
restauración podía considerarse perfecta había algo inquietante en aquella
copia fidelísima…algo demente en aquel afán por calcular una existencia anacrónica
y ajena…todo era falso y opresivo” (481) y le preguntan cómo es que “se
empeñaba ahora en recrear algo reñido con el progreso, algo que el progreso
mismo había dejado atrás irremisiblemente” (447-48).
Poco después su familia rehúsa
ocupar esta reliquia del pasado, dejando a Onofre solo en el mausoleo. Para librarse de la soledad, empieza a salir
todas las noches: “…frecuentaba los antros más infames…buscaba la camaradería
de rufianes, maleantes y putas” (483).
Pensaba encontrar la felicidad del antaño, pero en realidad resulta ser
simplemente un fracasado esfuerzo más por volver atrás: “creía haber
reencontrado aquella Barcelona de la que había logrado elevarse pero en la que
ahora creía haber sido bastante feliz.
En realidad era la juventud perdida lo que añoraba” (483). Después de unos meses de esta vida contra-evolucionaria
es apuñalado en un prostíbulo, y por poco muere.
Otro ejemplo típico de la fatalidad
de oponerse a la evolución, al cambio y al progreso tiene que ver con el famoso
arquitecto catalán Antonio Gaudí i Cornet.
En la novela Gaudí representa el modernismo, un movimiento retrógrado. Mendoza sitúa el noucentisme en contraste singular con el modernismo. La Catedral de la Sagrada Familia, “aquella
obra anacrónica e imposible” (507), es el eje principal del debate en cuestión. En otra instancia narrativa, captamos que el
modernismo “tenía los ojos en el pasado, con preferencia en la Edad Media…idealista
y romántico” (506), mientras el noucentisme
tenía los ojos “puestos en el futuro” y era “materialista y escéptico” (506). En la novela las últimas palabras de Gaudí
son “El progreso y yo estamos en
guerra,” (507) y acto seguido muere irónicamente, “atropellado por un tranvía
eléctrico” (507). Abundan otros
ejemplos de esta índole, como se ve en el caso del padre de Onofre quien
intentaba evolucionarse y cuando no pudo sufrió una muerte miserable pero
merecida según la teoría darviniana, pero con la historia de Gaudí la moraleja ya
queda cristalizada al lector.
Asimismo vale hacer comentar la
naturaleza de los científicos que desempeñan papeles tan significativos en la
novela. Son tres, Faustino Zuckerman,
Santiago Belltall, y un ingeniero militar prusiano, cuyo nombre no se menciona
en el texto. El primero, Zuckerman, “un
hombre de origen centroeuropeo” (423), dirige el proyecto cinematográfico de
Onofre. Es alcohólico y muy exigente,
un tirano “dado a sufrir ataques súbitos de cólera incontrolables” (424), pero
este director maniático logra hacer evolucionar el cine catalán desde un simple
documentación hecha a pesar de un
“abismal atraso tecnológico” (424) hasta un medio moderno y tecnológicamente
sofisticado que conmovió profundamente al público mientras proyectaba “las
ilusiones y los terrores de la humanidad” (425).
Santiago
Belltall, un inventor catalán con apellido y orígenes ingleses es un científico
enloquecido también: “tenía el aspecto desnutrido y fatigado del hombre que ha
dejado de comer y de dormir por causa de una obsesión….aparentaba el doble de
su propia edad” (366). La obsesión de
Belltall es el helicóptero, obsesión que lleva a cabo por medio del dinero de
Onofre y los conocimientos técnicos del ingeniero prusiano, quien tiene sus
propias excentricidades. Gracias al
prusiano “las ideas disparatadas de Santiago Belltall habían evolucionada hasta
convertirse en algo científico” (565).
Lo que cobra suma importancia en la
obra es el hecho de que todos los científicos que desempeñan papeles
importantes en el progreso tecnocientífico no son españoles. Es decir, que el progreso proviene de los países
protestantes e industrializados, productos del iluminismo y la revolución
industrial. Dada la elección planteada
por Unamuno entre europeizarse o africanizarse a la antigua en Sobre la europeización (1906), parece
bastante obvio que Mendoza vota por el europeizarse y por el progreso, por la
evolución no únicamente inevitable pero también deseable. Cabe mencionar que La ciudad de los prodigios fue la novela más leída en España en 1986, de
hecho una de las más leídas de la década, y que fue trasladada a la pantalla
donde encontró un éxito comercial enorme también. En vista de la popularidad tanto de la novela
como de la película entre el público en España, parece lógico concluir que la
mayoría de los españoles compartían la opinión del autor catalán en cuanto a la
necesidad de europeizarse, sobre todo después de los muchos años de retraso bajo
Franco.
Frente a esta perspectiva española sobre la
ciencia y la tecnología, podemos contrastar el punto de vista latinoamericano
tal como éste se plantea en la literatura del mismo período cronológico. En la segunda mitad del siglo XX ha surgido en la literatura
latinoamericana una reacción bastante fuerte en contra de la ciencia y la
tecnología, y a favor de un mundo edénico, pretecnológico. El proyecto antitecnológico
rechaza el concepto del progreso infinito posibilitado por medio de la ciencia
y la tecnología extranjeras. En Cien
años de soledad, Gabriel García Márquez demuestra que la cultura
racio-productiva y tecnológica del explícitamente norteamericano Mr. Herbert y
la compañía bananera (United Fruit Company) es una catástrofe en la América
Latina. La llegada de Mr. Herbert y su
tecnología extranjera trae consigo una serie de desastres, incluso la destrucción
del medio ambiente, matanzas masivas de obreros, e inundaciones de proporciones
bíblicas.
En
La casa de los espíritus Isabel Allende saca a relucir el tema de la
contra-finalidad de la razón inherente en el ordenamiento racional del
mundo. Mr. Herbert de Cien años
es ahora el "tiny gringo" experto Mr. Brown, y la plaga bananera ya
es la plaga de hormigas en el rancho de las Tres Marías, donde la tecnología
norteamericana de Mr. Brown contiende contra los conocimientos locales de Pedro Segundo
García. El conocimiento no tecnológico
de García gane al nivel local de las Tres Marías, pero al nivel nacional la
tecnología no-nativa, de tipo racio-militar, triunfa con el coup d'etat que reemplaza a Allende por
Pinochet y produce abiertamente un desastre nacional.
En Como agua para chocolate, el gringo científico Doctor John Brown de Harvard sirve de contrapunteo racional y masculino a la emoción femenina de Tita, otro caso del conocimiento tecnocientífico versus los remedios caseros, o sea los conocimientos locales. Dicho sea de paso, los remedios caseros le vienen a Tita a través de la indígena Nacha, muy a menudo por medio de comunicaciones inexplicables desde el punto de vista científico. Según Alfonso Arau, el director de la versión cinematográfica de Como agua, "The heroine, Tita, and the maid Nacha represent intuition, passion, sentiment associated with the female mentality. And this film was about the superiority of intuition over reason" (Elias).
El mismo tema de emoción versus razón también reaparece en la
producción novelística costarricense. En
Los peor, por ejemplo, Fernando Contreras Castro opone un gringo médico,
un tal Doctor Evans, a un misterioso ex-jesuita llamado Jerónimo Peor. La batalla entre ellos gira en torno a una
paciente que ha sido dañado por pesticidas, o sea por la tecnología gringa importada. El doctor Evans aconseja un curso de
tratamiento, pero a la paciente Jerónimo "le prohibió tomar los
medicamentos de Evans....No en vano Jerónimo había convivido con las indígenas
suramericanas tanto tiempo...había aprendido a curar con hierbas"
(23). En este caso y a lo largo de la
novela, los conocimientos precientíficos de Jerónimo resultan mejores que los
tecnocientíficos del gringo Evans.
En
Los infiernos de la mujer y algo más... (1992) la costarricense Rima de
Vallbona hace hincapié en lo malvado de la ciencia y la tecnología
norteamericanas. En "El corrector de la historia", leemos que la
protagonista, "que despotricaba tanto contra el materialismo automático
del siglo XX...sintió vergüenza de haber llegado a depender de un objeto"
(31). El objeto es una camioneta que
simboliza la presencia de su vecino, un hombre que representa para ella un
inalcanzable calor humano: "¡Ah, pero en esta sociedad anglosajona yo no
tengo derecho a buscar tal compañía!, aquí nosotros, los de sangre humano,
somos unos histéricos....nuestra pequeñez hispánica se hace añicos contra el
concreto, hierro y metal del temple gringo" (33).
En este pasaje otra vez notamos
que la imagen tradicional del racional, industrializado y frío vecino al norte se
contrasta con la imagen del emocional, anti-tecnológico y muy humano vecino al
sur.
En
otro cuento proveniente de la misma colección, "Los males venideros",
Mr. Congos, representante de la TWD Business Systems Inc., le trae a la
protagonista "la culminación de la tecnología electrónica" (40), una
computadora. Dentro de poco, la
computadora cobra vida propia y se convierte en "monstruo
electrónico", un monstruo que empieza a escribir la historia de la
protagonista, con un "horripilante final de sangre y muerte" (43)
perpetrado por "un hombrazo oscuro con sádica sonrisa" (45). Esta vez, en un final escrito por la
tecnología misma, o sea la computadora, no hay ningún calor humano y la
protagonista muere sin poder luchar contra el remate tecnológico. En definitiva, según el monstruo, "en
estos tiempos de tecnología...el progreso vomita un recua de delincuentes
viciosos" (44), y no hay donde escondernos.
Los
científicos descritos por Mendoza y los
descritos por los autores latinoamericanos ya mencionados son productos del
iluminismo y de la revolución industrial, y por ende de la evolución de la
sociedad humana. Son símbolos de los
avances científicos y tecnológicos que suministran el progreso a las sociedades
occidentales, al mundo moderno. Lo interesante
es que en función del contexto social de los dos lados del Atlántico, o son
valorados o menos preciados por desempeñar la misma función social. De ahí que se
pueda notar que la literatura de ambos lados está fuertemente vinculada con la
ciencia. Ambas muestras literarias
pretenden controlar el discurso de la ciencia, ambas intentan o apoyar o contrarrestar
las corrientes científicas de su época.
Simultáneamente, la ciencia misma desempeña un papel de suma importancia
en la literatura ya que los antes mencionados autores se ven obligados en su
producción creativa a abogar a favor o en contra de la ciencia. Es decir, que ambos discursos, el
tecnocientífico y el humanístico, se informan mutuamente.
En
efecto, en los ejemplos latinoamericanos que hemos venido comentando, todos de
una índole literaria que la crítica muy a menudo ha denominado realismo
mágico, la tecnología se ve como una
herramienta, cuando no como arma, de la clase dirigente. Se percibe una estrecha vinculación entre
dominación y tecnología, y por lo tanto la tecnociencia se considera un yugo
del cual librarse. En cambio, en la España
de la Transición, después del aislamiento y del retraso intelectual del
franquismo, la tecnología proveniente de la Europa moderna y próspera parece
ser la clave de la libertad tanto económica como espiritual. La ciencia, la tecnología y el concomitante
progreso social y económico parecen ser los antídotos a la dominación del
pueblo por parte del estado, del ejército, de la iglesia, y de las clases dirigentes.
Ahora bien, al mencionar la libertad
espiritual cabe añadir que ambas corrientes literarias contienen fuertes
componentes espirituales. De hecho, la
relación entre ciencia y el espiritualismo, o la religión, que es el
espiritualismo codificado, tiene una larga historia. La fe en lo que no se
puede ver es un arma tradicional de la cual la humanidad se ha servido históricamente
para controlar el medio circundante, sea este medio ambiente sicológico o
físico. Por lo menos desde el paleolítico alto, hace unos 40.000 años, el ser
humano se ha dedicado a desarrollar tanto la tecnología como el espiritualismo
para dominar a su mundo. Los primeros entierros de cadáveres humanos acompañados
de ritos funerarios empiezan en este período: Lake Mungo en Australia hace 43.000
años (Gillespie) y Sungir en Rusia hace aproximadamente 24.000 años (Pettit and
Bader) entre otros, y unas pinturas simbólicas para controlar la caza se hacen en
las cuevas de Chavet hace 30.000 años, en las de Lascaux hace 17.000 años, y en
las Font-de-Gaume y Altamira
un poco después. Y finalmente, hace unos
28.000 años, unas pequeñas figuras de Venus, diosa de la fecundidad, comienzan
a aparecer desde Europa occidental hasta Siberia.
Estrechamente conectados con estos
discursos simbólicos, cabe mencionar que las primordiales obras de teatro
tenían temas religiosos relacionados con el esfuerzo por controlar la
Naturaleza, o sea cambios climáticos, la cosecha, etc.: el Memphite Drama y el Abydos
Passion Play, ambos de Egipto
alrededor de 2.550 A. de J.C., tratan la
muerte y resurrección de Osiris, dios de la fecundidad de la Naturaleza. En el mismo momento se presentan obras
parecidas en Sumer, Babilonia, Cananeo y otras civilizaciones agrícolas tempranas
(Gaster). Y no es coincidencia que la
alquimia, precursora a la química y las ciencias modernas, tiene sus raíces en el
Egipto helenístico del siglo IV, sobre todo en Alejandría, donde una
confluencia de astrología babiloniana, de tradiciones mágicas caldeanas, y de secretos
metalúrgicos de los sacerdotes de Isis se asocian con los primeros intentos de
transmutar los metales bases al oro. En
la medida en que el poder de la tecnología ha venido creciendo, desde Galileo
pero sobre todo desde el siglo XIX, la función social de controlar la
tecnología ha pasado de la religión a la ciencia, es decir de la creencia en lo
que no se puede ver a la creencia en lo que se puede ver y comprobar, entre los
sectores industrializados del mundo, siempre y cuando les sirva de
ventaja. Entre los sectores demográficos
que no han sacado provecho de los avances tecnocientíficos, y que muy a menudo han
sufrido a causa de ellos, bien sean los sectores de ingresos bajos en cualquier
país del mundo, la fe, la religión y el espiritualismo, o sea la creencia en lo
que no se puede ver, han cobrado un vigor fundamental.
En Los prodigios Mendoza hace patente la relación entre ciencia,
tecnología y espiritualismo al describir los últimos fines del proyecto cinematográfico
de Onofre Bouvila quien “se consideraba un nuevo Mesías” (373). Onofre pretende unir la tecnología y el
espiritualismo a través del cine para proporcionarle a las masas un nuevo
sistema de creencia, y así asegurarse de un control total. En otra instancia narrativa, el narrador
explica “Julio César, Napoleón, Felipe II…Todos ellos habían sufrido la derrota
y el fracaso más humillantes; habían confiado en la fuerza de las armas y
habían desdeñado la fuerza espiritual…pero Onofre Bouvila reharía esta trama a
partir de una simiente espiritual (393)…reemplazar la religión ancestral por el
cinematógrafo” (447). Dentro del texto
el plan de Onofre fracasa, pero el éxito de la novela misma y su versión
cinematográfica deja abierta la cuestión de la posible instauración de creencias
por parte de los medios de comunicación y otras tecnologías. A modo de premonición, al final de la obra Onofre
sube al cielo en helicóptero como un Jesucristo tecnológico. No cabe duda de que la España europea está completamente
de acuerdo con el mensaje de progreso y evolución esbozado en Los prodigios. Nos referimos a la España europea porque hay
sectores islámicos fundamentalistas (Canales y Montánchez) que pretenden volver
hacia atrás en la vana esperanza de encontrar el bienestar en un pasado
imaginario, que es de esperar, pues históricamente el mismo debate entre fe y
ciencia ha existido en el mundo islamista, incluso durante su mando en la Península
ibérica.
Por otro lado, tampoco cabe duda de
que el realismo mágico ha tenido influencia profunda en cuanto al espiritualismo
se refiere, particularmente en las Américas.
Podemos citar el debate epistemológico simbolizado por la literatura
denominado testimonio, sobre todo el
célebre caso de Rigoberta Menchú y David Stahl. En términos historiográficos, como ha
detallado Roberto González Echevarría (Myth
and Archive), en las letras
latinoamericanas siempre ha habido una oscilación entre el acogido y el rechazo
del discurso científico proveniente de los países industrializados. De hecho, la historia de la literatura universal
revela la oscilación por parte de la sociedad entre amor por o desdén por la
ciencia y los científicos. En Canon’s Yeoman’s Tale (1387) Geoffrey Chaucer
distingue entre buena y mala alquimia, y a través de los siglos el Doctor
Fausto se pinta ora como charlatán ora como científico serio y digno y el
Doctor Frankenstein de Mary Shelly es emblemático del odio contra el progreso
científico.
Conviene agregar que el explicar
dicha oscilación es una de las cuestiones más urgentes para los estudios sobre
las relaciones entre las humanidades, la tecnología y las ciencias. Al mismo tiempo es importante notar que ambos
discursos, el científico y el humanístico, son dos caras de la misma
moneda. No es sorprendente reconocer que
la tecnología se convierte en el instrumento que ambos discursos utilizan para
transformar la Naturaleza según las necesidades de la sociedad. La dirección de las investigaciones
científicas se controla a través de la sociedad, y la sociedad determina esta
dirección no por medio de cavilaciones racionales y lógicas, sino por
narrativas sociales que pocas veces son razonables a nivel manifiesto, pero que
sí lo son a nivel del subconsciente social. Es una relación de
retroalimentación mutua. En función de la relación de la sociedad con el uso o
abuso de los recursos naturales, la sociedad produce narrativas sociales que
determinan lo que la ciencia va a investigar, y cómo los avances así producidos
llegarán a convertirse en usos y poderes tecnológicos. En otras palabras, el discurso de la ciencia y
de la tecnología aparecen como textos sociales.
La sociedad convierte los datos científicos, verídicos o no, en una
narrativa que sirve funciones sociales y cuya eficacia no proviene de lo
fehaciente de las observaciones científicas.
La fe se hace de otras maneras.
Conviene también darnos cuenta del
hecho de que las relaciones sociales pertenecen a dos categorías. En primer
lugar hay narrativas que tratan las relaciones intrasociales entre los seres
humanos: el amor, el odio, las jerarquías sociales, el deseo, etcétera. Por consiguiente, existen muchas narrativas
en las cuales no entran directamente consideraciones ni de la ciencia ni de la
tecnología. Estas relaciones intrasociales han sido tradicionalmente el enfoque
de la crítica literaria. Sin embargo,
hay otra categoría de narrativa social que trata las relaciones entre la
sociedad y la Naturaleza, dígase, las relaciones extrasociales. Frecuentemente las dos categorías aparecen en
la misma obra. El problema surge al
confundir las dos categorías, o simplemente hacer caso omiso de la
segunda. Obviamente brotan errores de
categorizar al tratar las relaciones entre sociedad y el medio circundante que
la sostiene sin tomar presente el impacto de los discursos científicos y
tecnológicos que mediatizan dichas relaciones.
Los discursos culturales extrasociales se engendran de las necesidades
impuestas sobre la sociedad por parte de la Naturaleza. Como hemos venido comentando, desde las
producciones culturales primordiales el intento de la narrativa social ha sido
la sobrevivencia de la humanidad. Una de
las funciones del mito o del rito, de la historia o de las historias, siempre
ha sido el de mediatizar la relación entre sociedad y medio ambiente (Rappaport). Y es aquí donde el análisis de las relaciones
entre literatura, ciencia y tecnología demuestra una vez más la necesidad de
considerar el factor material en la construcción del discurso sociocultural. La narrativa sirve para mediatizar tanto las
relaciones entre seres humanos como las relaciones entre sociedad y medio
circundante.
A modo de conclusión, simplemente
queremos observar que la crítica que tiene presente las relaciones entre
discurso científico y discurso humanístico tendrá la oportunidad de esclarecer
una categoría importante de la narrativa cultural que hasta la actualidad a
veces ha sufrido interpretaciones empobrecidas por falta de una comprensión de
la naturaleza distinta de esta otra categoría de relaciones. Se debe tener siempre presente que la
narrativa sirve para mantenernos en una relación estable tanto con el prójimo
como con lo próximo, que también de pan vive el hombre.
Agradecimientos: El autor desea expresar su
agradecimiento a Luis A. Jiménez y Beatriz Rivera-Barnes por la lectura crítica
de este artículo y las valiosas sugerencias realizadas, las cuáles han sido muy
valiosas para mejorar la presentación final.
Jerry Hoeg
Obras citadas
Allende, Isabel. The House of the Spirits. Trad. Magda Bogin. Nueva York: Bantam, 1986.
Canales,
Pedro, y Enrique Montánchez. En el nombre de alá. Barcelona: Planeta, 2002.
Contreras Castro, Fernando. Los peor. San José, Costa Rica: Farben, 1995.
Elias, Thomas D.
"The Miracle Worker. How
Alfonso Arau's `Water for Chocolate' Dream Came True." Chicago Tribune 6 March 1994, sec. 13: 19.
Esquivel, Laura. Como agua para chocolate: Novela de
entregas mensuales con recetas, amores y
remedios caseros. México: Planeta,
1990.
García Márquez, Gabriel. One Hundred Years of Solitude. Trad. Gregory Rabassa. Nueva York: Bard, 1971.
Gaster, Theodor. Thespis: Ritual, Myth, and Drama in the
González Echevarría, Roberto. Myth
and Archive: A Theory of Latin American Literature.
Gillespie, R.
“Alternative Time Scales: A Critical Review of
Mendoza, Eduardo. La
ciudad de los prodigios. Barcelona:
Seix Barral, 1986.
Pettitt, P.B., and N.O. Bader. “Direct AMS Radiocarbon Dates for the Sungir Mid-Upper Paleolithic Burials.” Antiquity 74 (2000): 269.
Rappaport, Roy A. Pigs for the Ancestors.
Vallbona, Rima de. Los infiernos de la mujer y algo más.... Madrid: Torremozas, 1992.