La doble naturaleza de la imaginación
y la dinámica frenética de
(O cómo el pecado del hombre no fue comer un fruto
sino crear un cuento)
Álvaro Reyes Toxqui
¿Le gustan los cuentos? Seguramente que sí. Es difícil sustraerse de la lógica de un relato, máxime si quien lo cuenta es poseedor del buen arte de tejer historias. Los seres humanos amamos los cuentos, nos regocijamos en la tensión narrativa y terminamos identificando nuestras existencias con los finales de ellos. Eso explica, quizás, el gran éxito de las telenovelas mediáticas o de la actual industria de la cinematografía. En unas o en otras, la oferta siempre es la misma pero lo que las hace atractivas, más allá del sesudo cálculo de quienes analizan las preferencias del incierto público, o del mercado de consumidores, o de las estrategias del marketing publicitario, reside en la casi prehistórica manía de escuchar cuentos. Las pinturas rupestres, quizás, son las primeras ilustraciones a los cuentos de caza que el hombre primitivo compartía, a la luz de la fogata y con una opípara cena en aquellos tiempos donde no existía, ni por atisbo, nada parecido a nuestros sistemas visuales de pantallas líquidas. Y de ahí en adelante no hemos parado nunca de hilar la palabra con historias, con enredos, conjuras y, por supuesto, con moralejas. El niño que imagina que su plato de cereal es consumido por un portentoso monstruo de cien cabezas, o el hombre que miente creando una perspectiva diferente acerca de su comportamiento nocturno, en realidad está utilizando un casi arquetípico modelo de la construcción de un cuento. ¿Cuál es esa base primordial? Primero necesitamos una situación cualquiera pero que, por razones ajenas a nuestra voluntad, se haya vuelto extraordinaria. Segundo, necesitamos personajes que se desenvuelvan en dicha situación. Tercero, y aquí encontramos lo que hace que el cuento sea distinto a un simple relato de eventos, es decir, es indispensable un punto de tensión cuya finalidad sea colocar a nuestros personajes, pero sobre todo al lector o escucha, en un punto de incertidumbre. ¿Qué va a pasar?, es una pregunta importante; ¿cómo lo va a resolver?, es otra fundamental. Cuarto, se requiere un final en donde la incertidumbre se resuelva y de alivio a la tensión. A mi, personalmente, me gustan los cuentos con finales imprevisibles. Me agrada que la tensión se resuelva con un evento inesperado de tal modo que mi pobre imaginación, como en los revolcaderos marinos, se vea zarandeada y lanzada hacia otras perspectivas. Mi afición a dicha cualidad narrativa data de cuando siendo adolescente, en algún libro de cuyo recuerdo sólo me quedan retazos, descubrí la clave de la inmortalidad. ¿No me cree? Baste, entonces, mi testimonio de un muchacho cuya principal afición era escaparse de pinta hacia la biblioteca nacional, asentada en aquellos días en la vieja calle de San Ildefonso. El relato al que me refiero no trata de pócimas mágicas, ni de genios en las botellas. Sus personajes principales son, precisamente, un cuentacuentos de edad avanzada y un público de escolares que escuchan, entre asombro y asombro, la historia de un niño cualquiera al que se le enferma el abuelo paterno. Las convalecencias del anciano y el amor que el niño sentía por aquél, lo llevan a la práctica de contarle un cuento cada noche que, entre otras cosas, tuviera la cualidad de quedar siempre en suspenso. Antes de cerrar los ojos para dormir, el anciano preguntaba ansioso qué es lo que iba a pasar con los personajes y las situaciones y el niño, que quizás tampoco lo sabía, le decía a su abuelo que eso se resolvería la siguiente noche. La lógica narrativa ya nos da la clave de la historia: el abuelo no se quería morir hasta saber el final del cuento que iniciara su nieto hacía ya incontables lunas. Cuando el público escolar preguntó al viejo cuentacuentos qué había pasado finalmente con el abuelo del niño, él se les quedó viendo con mirada bondadosa, carraspeó para dar tensión expectativa al final que todos ya saboreaban, y se despidió de ellos dejando en claro que debía ir a preparar la siguiente historia para su abuelo que aún lo espera.
El arquetipo está listo y preparado: ya hemos descrito las cuatro partes fundamentales de la estructura de un cuento y hasta me di la licencia de contarles, aunque usted no lo quisiera, por qué me gustan los finales sorpresivos. Existe, sin embargo, otra serie de argumentos a favor de analizar el cuento no como una simple estructura narrativa sino como una trascendental actividad humana. Empecemos por lo simple y le propongo las dos siguientes hipótesis:
Primero: La realidad, a diferencia de lo que muchos suponen, es una formidable narración que nos contextualiza y nos permite explicar, por lo menos en parte, en dónde estamos, de dónde venimos y, jugando con la bola de cristal, hacia dónde vamos.
Segundo: y sólo
para darle vínculo a los temas que convocan este Congreso de Ometeca: La ciencia es una extraordinaria ficción literaria
que tiene sus orígenes en la necesidad primigenia de contar cuentos.
Si estas hipótesis se vinculan entonces ya tendríamos material suficiente para suponer que la ciencia debe dar cuenta, al igual que cualquier ejercicio literario, de aquella realidad que, como afirmamos, nos explica y contextualiza.
“Narración que nos contextualiza”
Los hombres no gustamos de vivir en el vacío. Necesitamos saber que las estructuras del mundo son sólidas y que son capaces de permanecer por mucho tiempo. Peter L. Berger, un sociólogo brillante desde mi punto de vista, escribió hace muchos años que la realidad se construye como una empresa propiamente humana, se conserva en el tiempo y se legitima. (Berger, 1981) El mismo autor asevera que los materiales de construcción son el lenguaje y las relaciones que establecemos a través de él, así como las acciones que derivan de establecer tales vínculos. Alucinado por éste, mi sociólogo de cabecera, escribí alguna ocasión que “La sociedad es producto de la actividad humana y el hombre la construye empapado de una visión general del universo”. (Reyes,1990:24) Esta aseveración, que en realidad no dice nada nuevo, establece por lo menos algo que quiero rescatar para fines del presente ensayo: que la realidad es una serie de cuentos que han sido elevado al nivel de visión del universo. Esto no es cosa de risa, aunque debiera serlo. ¿Cómo es posible que una narración se haya olvidado que lo es y ahora se imponga como una verdad para todos los seres humanos? Nietzsche lo dijo magistralmente: “La verdad son ilusiones que se ha olvidado que lo son” (Nietzsche, 1995).
Pero volvamos al
núcleo del asunto: hay cuentos para todos los gustos y para todas las
ocasiones. Los mismos se trasmiten por medios orales, escritos y visuales. Sin
embargo, un fenómeno no siempre presente en los sesudos análisis literarios, es
el que da cuenta sobre las intenciones del narrador. Ingenuamente podríamos
pensar que el hábil contador de cuentos únicamente expresa un coloreado punto
de vista acerca de una historia fantástica cuyas características consisten en
romper el trazo cotidiano de lo real. Esto no es así. La imaginación tiene
doble naturaleza y la fantasía tiene un lado oscuro cuando se convierte en
frenética. ¿Cuáles son esas dos caras de la imaginación? La primera, sumémonos
a los planteamientos de Jacob Bronowski, es aquella que refleja, en lo
esencial, una mirada interior que nos conecta con el mundo (Bronowski,
1974:24). Ver desde adentro lo que ocurre afuera implica la capacidad humana
de simbolizar, jerarquizar relaciones, y significar. De este modo, la
imaginación, suma de percepciones que se convierten en representaciones del
mundo, es el lenguaje del espíritu
humano que le permite, entre tantas cosas, iniciar el camino del conocimiento.
“El homo sapiens debe todo a su saber y todo el avance de su conocimiento a su capacidad de abstracción.”
Y más adelante asegura:
“…todo el saber del homo sapiens se desarrolla en la esfera de un mundus intelligibilis (de conceptos y de concepciones mentales…” (Sartori, 2001:47)
Sobra decir que dicho mundo inteligible deviene de nuestra capacidad de abstraer, y que ésta es, producto de la imaginación.
La segunda naturaleza, sin embargo, tiene aristas oscuras que nos conectan directamente con el problema del poder. Imaginar nos conduce a la representación, ésta a la descripción de lo real y, finalmente, la realidad es una visión del universo que debe ser administrada. Aquí algo que deriva de algunas lecturas de Michel Foucault: los saberes -y cualquier visión del universo parte de ellos- producen modos de existencia y éstos, jurídicamente, entran a profundas relaciones de poder donde unos, los que imaginan que pueden administrar lo real, construyen imponentes instituciones de carácter judicial, y los otros, desde sus propios saberes y la dinámica de su imaginación, construyen resistencias a tales administraciones. La imaginación es el basamento de la fantasía, con ella poblamos el mundo, nos creamos cosmos ordenados, explicamos el mundo. El problema consiste cuando la fantasía se convierte en una frenética porque ella supone el delirio furioso de quienes creen que sus saberes y las instituciones sobre ellos erigidas, son las únicas validas, las únicas con derecho de existencia.
En la historia de
la humanidad han existido cuentos que después se contagiaron del frenesí de
creer que eran verdaderos. El problema reside en que los contadores de tales
cuetos tenían intenciones de poder. Paul
Veyne nos lo dijo en referencia de la sociedad griega.
Pregunta: ¿Quiénes inventaron los mitos?
Respuesta: los poetas.
Otra pregunta: ¿Para que crearon los mitos los poetas?
Respuesta: para ganar prestigio en una sociedad que se reunía para escuchar cuentos.
Maliciosamente podemos agregar una pregunta más:
¿Quién fue el mejor contador de historias en Grecia?
Sócrates.
De esto se pueden desprender muchas cosas incluso explicar el envenenamiento del filósofo griego porque, a diferencia de los sofistas que amasaban grandes fortunas, fue el único cuentista que no cobraba honorarios por sus historias. Sin embargo, aún cuando el propósito de este ensayo no tenga el propósito de desentrañar la vida del filósofo, baste decir que en una sociedad aburrida, trágica diría Nietzsche, aunque tenga Internet, a Hollywood o a Televisa, el que cuenta historias adquiere y administra poder. Eso lo sabían los griegos que organizaban simposios para escuchar el mejor narrador. Baste leer El Banquete de Platón para entender que los simposios no eran reuniones académicas patrocinadas por universidades de excelencia, sino que eran bacanales que terminaban en orgías y borracheras y que tenían como pretexto una especie de concurso de inventiva fantástica en donde, casi sin excepción, ganaba Sócrates quien inventó un género novedoso de narrativa según la cual buscaba explicar el universo desde la óptica de la razón. La filosofía, y después la ciencia, es producto de estos cuentos socráticos.
Veamos hasta dónde podemos llegar con esta idea. Empecemos por un cuento de ficción que inventa Sócrates para su discípulo Glaucón. El mito de la caverna es, quizás, el más delicioso de los cuentos socráticos porque nos hace imaginar, dice el mismo autor, nuestra condición humana y nos hace abandonar, o por lo menos así lo exige, la narrativa mitológica. Ahora bien, supongámonos encadenados de pies y cabeza, viendo las sombras en la pared de la caverna y escuchando las voces de quienes, también esclavizados, caminan por la tapia cargando sendos objetos de utilería. En esta posición no podemos voltear a ninguna parte, sólo hacia delante, hacia la estructura narrativa de quienes nos han contado que el mundo conocido es caos ordenado por los dioses. De pronto, aún no sabemos cómo, alguno de nosotros se ve libre de sus cadenas. Éste puede voltear la cabeza y ver la tapia, a los hombres y la hoguera encendida. Sócrates nos dice que la tentación de regresar a ver las sombras que se mueven es ineludible. ¿Por qué hemos de abandonar nuestros cuentos de dioses y demonios por otros nuevos? El que de nosotros se haya liberado de éstos, dice, se verá arrastrado hacia nuevas tentativas de narración. Por ejemplo, ese hombre liberado podría instalarse en la caverna y hacer cuentos desde misma. Suponemos que ha visto cosas nuevas y puede utilizar escenarios novedosos e inventar puntos de tensión diferentes a los que tenía mientras estaba encadenado. Sócrates, sin embargo, no lo cree conveniente. Dejar al hombre en la caverna es dejarlo en el reino de la doxa, es decir de la opinión que, aunque válida, no es suficiente: habrá entonces que conducirlo hasta el episteme, hacia la verdad fundamentada. Al final del camino, cuando el hombre vea todo con claridad, sin sombras ni penumbras, entonces habrá alcanzado el único escenario del cual hay que contar todos los cuentos nuevos.
Los cuentos de Sócrates son pedagógicos, nos enseñan que para alcanzar la famosa fórmula de verdad igual a virtud, virtud igual a felicidad, es necesario abandonar las apariencias que ofrecen los sentidos (fundamento de las ficciones teológicas), y escalar por la vía de la razón hacia la verdad (fundamento de las narraciones científicas).
La historia de la ciencia es la historia de una serie de cambios en la modalidad narrativa. Sustraemos a los dioses, sus génesis y sus escatologías, sus formas de contextualizarnos en la existencia; y las sustituimos por espacios vacíos, por átomos electrizantes, por big bangs o por relativas transformaciones de energía en materia. Nuestros nuevos Génesis fueron escritos por Darwin, Einstein, Steph Hawking y Prigogine. Las nuevas formas de comprensión del universo y del mundo humano tienen tantos profetas como estilos narrativos sean posibles. De éste modo, por ejemplo, la escatología se ha convertido en teleología y, alrededor de ella, hemos creado la lógica de los múltiples ismos. Marx, quizás el más intempestivo, incluso se atrevió a contarnos la historia del futuro igualitario de la humanidad por vías de la razón revolucionaria.
Para contar la historia del mundo, escribió Ikram Antaki, hay que hacer ciencia (Antaki, 1998, 9). Esta aseveración se ajusta a lo que hemos descrito a lo largo del presente documento y nos permite poner en consideración nuestra idea central para este congreso: la ciencia no dialoga con la narración literaria, proviene de ella. Como tal, al igual que el cuento, la poesía o el guión cinematográfico, posee la dinámica de la imaginación y puede, dado el caso, convertirse en una narrativa frenética. ¿En qué condiciones puede ocurrir esto? En muchos. Algunos incluso pueden afirmar que desde sus orígenes, es decir desde las diatribas de Parménides contra Anaximandro de Mileto, pasando por la virtud socrática, por la sistematización platónica y aristotélica hasta la construcción del método y la idea de la experimentación positiva, la ciencia, al creer descubrir la verdad, contiene el germen del delirio violento que es razón de todas las inquisiciones. Aquél que se supone poseedor de la verdad sabe que la defensa de su posesión se tornará en violentas persecuciones. Habrá que parafrasear a José Saramago cuando hace que Jesús le pregunte a Dios sobre las consecuencias de establecer el evangelio:
“…cuánto de muerte y sufrimiento va a costar tu victoria sobre los otros dioses, con cuánto de sufrimiento y de muerte se pagarán las luchas que en tu nombre y en el mío sostendrán unos contra otros los hombres que en nosotros van a creer” (Saramago,1998:116)
Nuestra paráfrasis podría simplemente decir: “¿cuánto ha costado la victoria de la ciencia sobre los otros dioses, con cuánta exclusión y sufrimiento se pagarán las luchas que en tu nombre sostendrán unos contra otros los hombres que en las narraciones científicas van a creer?”
La lucha que ha
sostenido la ciencia con otras narraciones del mundo se puede ilustrar desde el
principio. Primero, cuando era filosofía, peleó contra el mito y la religión,
en esos mismos tiempos tuvo combates encarnizados contra los sofistas quienes
se habían atribuido un triunfo mortal contra Sócrates. Cuando la sociedad fue
medieval se sincretizó con el misticismo cristiano pero luego lo abandonó
cuando apareció el humanismo y el esoterismo renacentista. Durante la
ilustración fue arma política de Voltaire, D´alembert, Montesquieu y toda la
pléyade de intelectuales cuyos enemigos eran la monarquía y la superstición
religiosa. En el siglo XIX fue vilipendiada por los románticos alemanes y hasta
fue acusada de ser mortal en sus abrazos narrativos. Nietzsche anunció su
muerte así como la de todas las verdades suprarrenales. En revancha, la ciencia
se convirtió en dato duro y positivo y desdeñó toda metafísica y cualquier
metahistoria. Este triunfo se mantuvo por muchos años hasta que, nuevamente,
después de
Si los grandes cuentos nos contextualizan, ¿qué podemos decir de esta crisis narrativa que padecemos hoy?
La realidad, esta en que decimos vivir y que hasta nos basta para burlarnos de aquellos que según nuestros cánones no viven en ella, es una narración que nos dice donde estamos viviendo y, según una analogía cinematográfica, sólo puede ser como la red ciclónica de fetos de la película Matrix donde aquella es sustituida por una red enmarañada de cuentos donde se nos contextualiza casi del siguiente modo: “Érase una vez que se era unos hombrecitos que vivían en una sociedad postindustrial, globalizada y globalizante, y que creían, o les hacían creer –da lo mismo- que no existían verdades eternas. Todas las mañanas, estos hombrecitos se dedicaban a trabajar y a ganar dinero compulsivamente, mismo que por las tardes y por las noches, gastaban en el gran mercado de baratijas y espejos brillantes. Como no creían en ninguna verdad, o creían que todas las verdades eran relativas, empezaron a suponer que todo era según el color del cristal donde se mirase. De este modo aparecieron los niños de la calle relativos, los obreros relativos, la pobreza extrema relativa y hasta los dioses, antes celosos y absolutos, se volvieron ligths y perezosamente relativos. De este modo, los hombrecitos y las mujeres relativas, no tenían de qué preocuparse ni de qué angustiarse”. El problema de éste cuento es que, en efecto, este tipo de historias se han repetido hasta el cansancio desde el inicio de los tiempos humanos. Hagamos paráfrasis de nuestra historia y sustituyamos a los hombrecitos relativos con los medievales, los prehispánicos, o con cualquier otro, y tendremos siempre el mismo resultado.
Los cuentos que nos contextualizan, es decir, los que nos dicen de dónde venimos, dónde estamos y hacia dónde vamos, son extremadamente peligrosos, así se vistan con lenguajes floridos o tengan como protagonistas a dioses bondadosos. El dios del Génesis, por ejemplo, es extremadamente celoso de tal modo que sólo le gustan sus propios cuentos. No tolera la narrativa humana y menos si, seducidos por una serpiente mítica, empiezan a imaginar que por un bocado al fruto prohibido –sea cual fuere- los hombres pueden llegar a ser iguales que él. El pecado en el Jardín del Edén consistió en que por un cuento viperino –“Sabe Dios que si comen del fruto seréis como dioses”, explicó sigilosa la serpiente- se despertó la imaginación y ésta es peligrosa para cualquier régimen, sea humano o divino. La imaginación es el principio de cualquier rebelión, es el origen de la poiesis, de la construcción alterna. Por esta razón, supongo, Platón prohibió en su irreal república la presencia de los poetas. Éstos, a diferencia de lo que se piensa popularmente, no construyen rimas ni fraseos lingüísticos, ni es su función adornar las palabras para que fluyan perfumadas al oído de las musas y de las mujeres. El poeta, como constructor de historias, es altamente herético porque propone, contra el orden lógico de nuestras estructuras formales de explicación del mundo, el camino abierto de la posibilidad.
Y aquí nos detenemos un momento en el camino. Reconsideremos las dos hipótesis de este documento. Por un lado he explicado que los cuentos, y toda la narrativa, tienen de fondo un principio de voluntad de poder; por el otro, argumento que esa capacidad narrativa, tiene en sí los gérmenes de toda liberación. ¿Me contradigo? No. Mi interés ha sido reflexionar sobre la narrativa de cuentos y he colocado, aunque sean sólo como breves destellos, la naturaleza intrínseca de toda narración. Por un lado, que puede ser administrada para controlar el poder (y seguramente ello traerá una hueste de hombres e instituciones que contarán una y mil veces el mismo cuento, otros que lo interpretarán y adecuarán a ordenes normativos, otros que lo legislen y otros que lo ejecuten); por otro lado, he puesto atención en que todo cuento siempre tiene puertas abiertas, retruécanos, puntos de inflexión, finales alternos, mismos que sean capaces de narrar de otro modo la historia. Gianni Rodari lo describe del siguiente modo:
-Había una vez una niña que se llamaba Caperucita Amarilla.
-¡No, Roja!
-¡Ah, sí, Roja! Pues su papá la llama y…
-Que no. Que no era su papá, era su mamá.
-Es
verdad. La llama y le dice: ve a casa de
-¡Ve a casa de la abuelita, le dijo, no a la de la tía” (Rodari, 2002:56)
Cambiar la estructura de los cuentos que nos contextualizan no es tarea fácil. Lo primero que se necesita son narradores con la imaginación abierta y un deseo franco de, en la medida de lo posible, no convertir en frenético un cuento que tampoco debería serlo. Esta parte es difícil pero no imposible. Lo segundo, y ello es aún más difícil, consiste en tener la capacidad de escuchar nuevos cuentos. Nos hemos acostumbrado tanto a los nuestros que la propuesta de una nueva narración nos parece extraña o peligrosa. La ciencia, por ejemplo, debería atreverse a beber de la copa del mito y a acostumbrar a su hija predilecta -es decir, la tecnología- a resguardar por la vida, incluso por sobre los intereses de sus múltiples financiadores multinacionales. Finalmente, se requeriría la cualidad de poder transformar las narraciones ahí donde, por interés común o por derecho de la existencia, debamos adecuar las intenciones de quien se quiere adueñar del cuento.
Nosotros, quizás, deberíamos aprender el arte de transformar las historias y escribir: “Érase una vez que esos hombrecitos de la era postindustrial y globalizante, mismos que no creían en verdades eternas, descubrieron que las baratijas y espejos brillantes se rompían fácilmente. Algunos, sin embargo, siguieron asistiendo al mercado para adquirirlos; otros, empero, quisieron saber qué pasaría si pasaran una semana sin esos artilugios. Nuevamente, Muchos no soportaron la presión de los televisores y de la publicidad y regresaron a sus hábitos de consumo. Existió uno sólo –en los cuentos siempre hay- que no sucumbió a la tentación y supo, para sí solo, que no era tan difícil vivir sin leche descremada, café descafeinado, cigarrillos sin nicotina ni alquitrán, ni agua desmineralizada. Este adolescente se llamaba Adán y decidió iniciar un batalla solitaria contra el monstruo de cien cabezas, que tenía además veinte cuernos y un sello en la frente en donde se leía su nombre que no era Abaddon ni Tiamat, sino uno más terrorífico y paralizante: Corporación Trasnacional. Adán, junto con Eva Hernández, su vecina en el complejo habitacional El Paraíso donde vivía, fueron quienes engendraron una nueva raza de seres humanos que a la postre serían los creadores del Sexto Sol y cuyo signo estaría escrito en el libro de los tiempos…”
Y así, consecutivamente apostar por renovar los cuentos que algún día contaremos a nuestros hijos. Quizás ellos puedan ser más libres.
Bibliografía
Antaki, Ikram.
1998. En el banquete de Platón. Ciencia. Joaquín Mortiz, México.
Berger, Peter, 1981.
Para una teoría sociológica de la religión, editorial Kairos,1981, España.
Nietzsche, Federico. 1995. Sobre verdad y mentira en un sentido extramoral. Tecnos, 1995, Madrid
Reyes Toxqui,
Alvaro. 1990.
Rodari, Gianni. 2002. Gramática de la fantasía. Introducción al arte de escribir historias, Booket, ediciones de bronce, España.
Saramago, José.
1998. El evangelio según Jesucristo. Alfaguara editores, México.
Veyne, Paul. ¿Creían los Griegos sus mitos?